INAUGURACIÓN: 15 de abril, 18.30 h

 

Este año se cumplen cincuenta de mis comienzos en este oficio, cuando Luis Felipe Noé me incluyó generosamente junto a tres de sus discípulos de esa época (Carlos Bissolino, Raúl Rodríguez, Luis Pereyra) en una muestra que organizaba en la Galería Arte Múltiple. Tengo un recuerdo muy físico de cómo dibujaba en aquellos lejanos días con sus noches, especialmente por la manera en que el estilo y el carácter de esos dibujos dependían de una acción que se desarrollaba en tiempos muy lentos.

En ese momento no reflexionaba sobre esa relación, ni sobre casi nada más; simplemente me concentraba en que la “gramática” fuera casi microscópica, según la decisión de que el espectador tuviera que acercarse mucho a la obra para detectar qué habría de legible en eso que, de lejos, parecía una maraña indiscriminada.

A medida que fui adquiriendo  pericia con otros materiales y herramientas, ya no solo tinta y plumín, aquello que era una suerte de figuratividad recluida en moléculas lineales se convirtió en una interrelación de elementos dispuestos en dimensiones internas muy variadas. Ese fanatismo puritano de los comienzos iba retrocediendo gradualmente para que irrumpiera un campo más heterogéneo e inestable, constituido en las manifestaciones de lo que podría llamarse el lenguaje gráfico “puro”.

Hasta ese momento, y aunque ya había comenzado a reflexionar sobre ciertos aspectos y fenómenos de la práctica, no tenía una comprensión acabada de las relaciones entre distintos tiempos: el tiempo físico, el de la manualidad corporal (a veces en sintonía y otras en tensión con el tiempo de realización de la obra), el tiempo imaginario y los tiempos, siempre influyentes, del mundo y sus circunstancias. Mi módico territorio era ordenado y sin perturbaciones demasiado evidentes, salvo aquellas que se producen o generan en el campo mismo del trabajo, como parte de los ensayos, los experimentos y los fracasos.

A la vez, aquella lentitud programática de los comienzos se había visto poco a poco confinada definitivamente a la evocación melancólica, mientras que los principios activos se aceleraban o alentaban, se expandían o contraían, se precipitaban o contenían a merced de una temporalidad de extrañas características y de medición difícil, cuando no imposible. Del mismo modo era y es inútil detectar de dónde viene; si se trata de una feliz imposición de los materiales mismos, si es un elemento intrínseco al lenguaje, o bien puro metabolismo de la energía en acción.

Como sea, ese fenómeno se ha agudizado. Si bien puede decirse que el ADN de aquellas primeras piezas y el de estas últimas es el mismo, una suerte de eléctrico desasosiego parece haber viralizado ahora la superficie, y los acostumbrados formalismos autorales se muestran  visibles pero incómodos, como si aquello que antes se podía catalogar como un aprovechamiento de la improvisación, ahora fuera incontroladamente imprevisto; como si el sostenimiento y la consolidación del rumbo hubiera sido acometido por el germen de la provisoriedad.

Y aquello que, año tras año y obra tras obra, podría verse como una suma, una multiplicación y una subdivisión de lógicas visuales, ahora de repente, se sustrae para revisarse en lo transitorio y en un consecuente descreimiento en la ilusión de persistencia.